martes, 12 de abril de 2016

PRIVATIZACION Y EXTERNALIZACIÓN DE SERVICIOS EN LA CONTRATACIÓN PÚBLICA Y PROBLEMÁTICA LABORAL.


(Notas sobre la intervención en el seminario de estudios “Retos de la contratación pública en el contexto de la crisis económica” Barcelona, Auditori Serveis Municipals, 5 de abril 2016. La jornada fue presentada por Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde de la ciudad de Barcelona)

Tras las elecciones de mayo del 2015, vencieron en las principales ciudades del país una serie de candidaturas ciudadanas que llevaron al poder municipal a conglomerados políticos sostenidos por amplias mayorías y los movimientos sociales, que reivindicaban un nuevo modelo de ciudad.

La ciudad nueva y la ciudad antigua

Una ciudad nueva caracterizada por una serie de adjetivos que la califican de forma definitiva: una ciudad democrática abierta a la participación de los ciudadanos en la gestión y la programación de la acción municipal, que organiza servicios de carácter universal y promueve espacios de vida en común, colaborativa, y que se quiere construir espacialmente igualitaria y equitativa entre sus vecinos, desmercantilizada en su uso público, abierta y multicultural. Un gobierno de la ciudad que administra una larga serie de servicios con participación de los ciudadanos y que construye ciudadanía en un sentido político y democrático y especialmente en un sentido social, mediante una actuación que distribuye la riqueza y nivela las desigualdades, favoreciendo y extendiendo la noción de trabajo decente como regla de inserción laboral de quienes trabajan en ella. El gobierno de la ciudad nueva transforma el espacio urbano en significantes de valor social, incentivando una nueva productividad social en el marco de una economía plural con un sector público robusto, la potenciación de fórmulas de economía social y colaborativa, y el fomento de la responsabilidad social empresarial y su sostenibilidad ambiental y social.

Esta ciudad nueva es un proyecto en acto que se confronta al modelo de ciudad indeseado que hasta ahora era hegemónico en el panorama español, asentado en sus principales elementos a partir de la década de los noventa del siglo pasado, y que de alguna manera concebía la ciudad como un espacio neutro, básicamente un contenedor de otros espacios de actuación que se despliegan en el mismo. La ciudad como un lugar fundamental para el desarrollo económico y productivo de las empresas, y a su vez como un espacio de servicios que puede ser él mismo objeto de negocio y propiciar su apropiación por el mercado gestionado por las grandes corporaciones económicas y financieras. El territorio de la ciudad tiende a privatizarse como soporte de las relaciones sociales individualizadas, y los espacios públicos se transforman en espacios privados de uso público, de espacios de encuentro como lo atestiguan las grandes superficies, los mall de tantas barriadas y ciudades del cinturón de Madrid o de Barcelona, por ejemplo. Y además la ciudad es un espacio segmentado y fragmentado, donde se aprecia una discontinuidad grave en cuanto a los servicios y el bienestar que disfrutan diferentes zonas de la ciudad, lo que también repercute en materia de seguridad, y a la postre en la separación entre barrios ricos y barrios pobres. A fin de cuentas el espacio urbano es él mismo objeto de negocio en una espiral de especulación inmobiliaria que ha constituido la característica fundamental del crecimiento económico español a partir de 1996 hasta 2007. La ciudad gira en torno a la propiedad, es un amplio campo de propietarios en donde la inversión en valores inmobiliarios funciona también como fórmula de seguridad de las existencias de futuro de muchos de sus habitantes, propiedad por otra parte fomentada mediante una gran accesibilidad al crédito hipotecario para financiar la compra de las viviendas.

Este estereotipo de la ciudad antigua – que sin embargo coexiste con el proyecto de la ciudad nueva, por el momento siempre en fase de proyecto – favorece la segregación y la desigualdad y mercantiliza las relaciones sociales en su seno, y presenta como seña de identidad de la actuación y del ideario de las personas que la han gobernado la resignación de la acción pública de ordenación de los servicios públicos en la acción de los sujetos privados mediante la externalización de éstos en una amplia estrategia de privatización.

La estrategia de la privatización

Esta estrategia no es privativa ciertamente de las administraciones municipales. Aunque con importantes precedentes especialmente a partir de 1992, fue el “Plan de Modernización del sector público empresarial” de 29 de junio de 1996 – hace por tanto veinte años – el documento que dio carta de naturaleza explícita a esa estrategia privatizadora en todo el país. Entre 1996 y 2004 se vendieron empresas públicas por 30.000 millones de euros. Fue un período en el que a esa furia privatizadora acompañó la formación de conglomerados político-financieros muy relevantes y de gran influencia hasta la actualidad, en una política de bajada de impuestos y de burbuja inmobiliaria y los fenómenos especulativos que la definían. La privatización afectó a sectores estratégicos de la energía, el transporte y las comunicaciones.

Este proceso además converge con una tendencia a la mercantilización del núcleo de servicios prestados por los entes y administraciones públicas, que no sólo se presenta en España, sino que forma parte del debate europeo en torno a la liberalización de servicios que se produjo polémicamente en torno al proyecto de Directiva Bolkestein (2004) y que se prolongará tiempo después, ya en la crisis, respecto de los debates sobre lo grandes tratados de libre comercio (TTIP) o el debate global sobre el TISA.

En los Ayuntamientos españoles – con independencia de la coloración política que tuvieran, en un panorama general dominado por el bipartidismo imperfecto – se acelera la externalización de servicios mediante la técnica de la concesión y de la contratación administrativa, en contratas y subcontratas de empresas privadas que gestionan los servicios que debe prestar el Ayuntamiento. Clásicamente, los servicios de agua, limpieza viaria, parques y jardines, recogida de basuras, servicios funerarios, y, más en general, ayuda a domicilio, señalización y tráfico, centro de llamadas, etc.

El discurso que sostiene la privatización es muy sencillo y se basa en tres ideas enunciadas con rotundidad. Ante todo, que la gestión privada resulta más económica que la pública, es decir que cuesta menos. Permite a los entes públicos contar con inversiones de mantenimiento garantizadas por las empresas adjudicatarias del concurso sin que haya carga presupuestaria ni se amplíe el capítulo 1 en gastos de personal, y, finalmente, que la gestión privada es más eficiente que la pública. Desde esta superioridad evidente, la “gestión indirecta” de los servicios municipales es la fórmula victoriosa durante la etapa del boom inmobiliario, que se querrá  prolongar durante la legislación de la crisis, como veremos más adelante, aunque con fuertes resistencias.

Costes de la privatización

El planteamiento dominante sobre la externalización de servicios entra en crisis fundamentalmente por dos motivos. En primer lugar por los costes políticos, económicos y sociales que produce, pero en segundo término por la resistencia popular y la deslegitimación masiva a las que se enfrentan en especial a partir del 2011 estas técnicas privatizadoras.

Se generan costes políticos importantes. La privatización o externalización de servicios implica transferencia de recursos públicos hacia corporaciones y empresas adjudicatarias, y ese es el campo en el que se generan relaciones “engrasadas” entre dirigentes políticos y la dirección de estas empresas, es decir fenómenos de corrupción en una doble vertiente de financiación del partido político y de lucro personal que son los resultados más vistosos de este proceso. La corrupción es así un hecho sistémico que se entronca con los modos de actuar de las empresas adjudicatarias en un doble sentido, organizativo y personal, con frecuentes desplazamientos personales de la política a los negocios. Son muchos los ejemplos recientes que demuestran esta relación obscena entre la política y el dinero que se alimenta de manera importante de este mecanismo de privatización.

Frente a lo que mantiene el discurso privatizador, lo que se constata es que en muchas ocasiones, el coste de la gestión directa del servicio es sensiblemente inferior al coste del servicio externalizado. Así lo vino a reconocer un informe del Tribunal de Cuentas del 2011, que estableció en un amplio estudio de casos que la gestión pública resultaba más barata en los servicios de agua, recogida de basuras, limpieza viaria y parques y jardines, así como alumbrado en las ciudades medio-grandes. En general, se viene a constatar en numerosos ayuntamientos elegidos a partir de mayo del 2015 que la reversión del servicio es una importante fuente de ahorro.

Los costes sociales son especialmente altos. La privatización supone salarios menores y condiciones de trabajo más estrictas. Normalmente se lleva a cabo una reducción de puestos de trabajo y simultáneamente un incremento de la carga de trabajo de los trabajadores externalizados. Ello repercute además en la disminución de la calidad del servicio público prestado. Existe en efecto una relación directa entre la noción de trabajo decente y las condiciones de empleo que garantizan la calidad, seguridad y eficacia del servicio. Esta relación se rompe en el caso de las privatizaciones, que además introducen como principal criterio de valoración el coste económico para fijar los efectivos y la extensión del servicio. Estos elementos están en la base de los importantes conflictos en el sector de las limpiezas que se desencadenaron en ciudades como Madrid y Alcorcón y que culminaron con una victoria de los trabajadores.

Es además un dato evidente el incremento de la siniestralidad laboral en los trabajadores que prestan sus servicios en contratas respecto de las tasas de siniestralidad de quienes lo hacen para la empresa principal, la salud laboral está más amenazada desde la precariedad y los bajos salarios. En esa situación influye asimismo la pérdida de cobertura de la negociación colectiva, bien por el desplazamiento de los trabajadores a un convenio que tiene menos intensidad en la protección que el convenio aplicable en la empresa de origen cuyo servicio se externaliza, bien sencillamente porque la externalización implica que no haya convenio aplicable. Naturalmente estos desplazamientos suponen asimismo la debilitación de las estructuras representativas y en muchos casos de la propia presencia sindical.

El efecto más señalado es la pérdida de estabilidad de los trabajadores privatizados y la situación de precariedad laboral en la que se sitúan. La condición de trabajadores temporales es inseparable de la técnica de la privatización, más aun a partir de la doctrina del Tribunal Supremo español que hace equiparar el objeto del contrato temporal de obra o servicio determinado con la duración de la contrata.

Resistencias

El ciclo de conflictividad y de luchas sociales que da origen en el período 2010-2014 tiene uno de los motivos de confrontación precisamente la nueva ola privatizadora que se produce tras el estallido de la crisis financiera y política en mayo del 2010 y la imposición de las exigencias de la troika a las políticas españolas en materia social y laboral. Se trata de la organización de resistencias fuertes sobre la base de la oposición a la privatización, que converge con otras luchas por los derechos laborales o sencillamente por las libertades y el desarrollo democrático. Las mareas ciudadanas que han recorrido Madrid, en especial la marea blanca de la sanidad y la marea verde de la educación, tienen como objetivo central la contestación de los proyectos de privatización de ambos sectores. Posiblemente el movimiento que ha tenido mejores resultados al respecto ha sido la oposición a la generalización de las fórmulas de gestión privada de los hospitales públicos en la sanidad madrileña, donde la movilización acompañó una acción judicial que permitió la paralización de la misma en los tribunales contenciosos, aunque el Tribunal Constitucional avalara desde la óptica de la constitucionalidad, el empleo de estas técnicas de privatización.

En esa misma línea, la plataforma contra la privatización del agua del CYII, logró una consistente movilización ciudadana frente al proyecto, que comprometía no sólo un derecho humano fundamental, el derecho al agua, sino un bien común que en otros ejemplos cercanos, como el del referéndum italiano del 2011, habían logrado echar atrás la estrategia privatizadora del gobierno italiano. Las acusaciones de corrupción que se desataron en este proceso ha permitido en la actualidad una reacción política contra este mecanismo. 

Otros muchos ejemplos se podrían traer a colación de la oposición frontal a estas fórmulas de privatización de los servicios públicos. Por eso en la reconstrucción de la imagen de la ciudad en las candidaturas ciudadanas del 2015 la reversión de estas situaciones constituía un elemento importante.

Sin embargo la solución no puede pasar por una regla de carácter general que invierta el sentido de la marcha hacia la privatización y proceda a remunicipalizar la gestión de los servicios. Hay toda una larga serie de normas que dificultan y obstaculizan este proceso e impiden dar una respuesta segura, en especial  a la situación de los trabajadores en orden a la estabilidad en el empleo, que es un problema importante que no encuentra soluciones satisfactorias como enseña la experiencia y el análisis de las normas jurídicas vigentes. Junto a ello, es preciso contemplar la posibilidad de enfocar la contratación pública desde las nuevas exigencias de las Directivas del 2014 en las que se no se contrapone eficiencia y transparencia del mercado a las cláusulas sociales y ambientales ni al objetivo preciso de evitar la precarización y la deslocalización. La reforma de las prácticas de contratación pública – la separación en lotes más pequeños la oferta de adjudicación del servicio para evitar que las grandes corporaciones sean las principales beneficiarias de los grandes concursos de servicios, la previsión en los pliegos de condiciones de cláusulas de estabilidad y de lo que los italianos llaman “equidad en las condiciones de trabajo”, entre ellas un salario mínimo o la aplicación de determinado convenio colectivo, la preferencia por empresas de economía social o cooperativa, etc – unido a experiencias exitosas de reversión del servicio a la caducidad de la concesión, como en el caso emblemático de la Funeraria de Madrid, son todos elementos que pueden cooperar a ese cambio de rumbo.




2 comentarios:

Paco Jiménez Orantes dijo...

Estuve en esa jornada y disfruté mucho de la intervención del Doctor Antonio Baylos. Agradezco esta reseña, que junto con la del profesor Luis Collado eran las únicas que faltaron en la documentación que nos hicieron llegar con posterioridad.
Aprovechando la oportunidad, estaría muy interesado en tener también una reseña del profesor Luis Collado, o al menos una dirección de correo electrónico a la que pudiera hacerle llegar una pregunta.

Simon Muntaner dijo...

Querido Paco, el correo de Luis Collado al que dirigirse es editorialbomarzo@editorialbomarzo.es
Un saludo cordial
AB