miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL SI Y EL NO DE MATTEO RENZI


El fin de semana pasado el Partido Democrático italiano convocó una manifestación en Roma, en la Piazza del Popolo, en la que el presidente del consejo de ministros, Matteo Renzi, defendió el SI en el referéndum convocado para el 4 de diciembre. El mítin debería haber servido para dar una prueba de fuerza de cómo el PD se mostraba unido en torno a su líder, pero este objetivo no se consiguió. La plaza no estaba llena como en otras ocasiones, se calcularon unos 15.000 asistentes en vez de los 30.000 previstos, y a la cita no acudió la minoría de izquierda del PD, opuesta a las reformas que debería aprobar el pueblo italiano. Ello no impidió que el acto fuera una exhibición de Renzi y que ocupara amplísimos espacios de cobertura mediática. Aunque en Italia se atiende de manera muy extensa al debate entre el Si y el NO, en espacios de primer tiempo y con un importante despliegue publicitario, la capacidad de intervención del presidente del gobierno y su frenético activismo mediático, hace que la propuesta del SI sea fundamental y prioritariamente llevada a cabo a través de su persona, de manera que ésta y el resultado del referéndum quedan indisolublemente asociadas.

Renzi surgió a la vida política italiana a partir de su contienda en las primarias del PD – que perdió en primera instancia contra Bersani y luego ganó clamorosamente en la segunda oportunidad, tras el fracaso de éste en formar gobierno y la desautorización del presidente de la república Napolitano – con la consigna que se hizo muy popular de rottamare a la casta que poblaba los partidos y las organizaciones sociales de relevancia pública, muy especialmente los sindicatos. El verbo italiano significa arrumbar, por viejo, objetos inservibles, y se emplea normalmente para mandar al chatarrero a los electrodomésticos que no funcionan. Este discurso no sólo servía para exigir la sustitución de unas élites envejecidas sino para desprenderse de una buena parte de los componentes de la cultura política que compartían, que se presentaba como inadecuada al siglo XXI por antigua – viejuna diría un manchego – e inoperante porque no era capaz de decir nada a la mayoría de la ciudadanía, y por consiguiente resultaba un obstáculo doble para la eficacia de la acción de gobierno y para la libre y eficiente actuación de las empresas.

Renzi parte desde su inicio como un actor político que reivindica la eficacia y la novedad. “Hacer cosas nuevas” que el viejo modo de proceder de las instituciones democráticas impide, junto a intereses corporativistas de todo tipo que se deben disolver. Entre ellos, fundamentalmente, los sindicatos. El hoy presidente del Consejo de ministros no tiene a los sindicatos como amigos. O al menos, deberíamos precisar mejor, no “se lleva” con el mayor sindicato de su país, la CGIL, y es francamente hostil a la FIOM, la federación de los metalúrgicos que preside Landini. En la medida en que la CISL y la UIL – los otros dos sindicatos representativos - mantengan una posición adhesiva a sus políticas, no ofrecen problemas. Toda crítica – especialmente si viene desde los representantes del trabajo – es interpretada como “bloqueo” al país, no como disenso respecto de la política del gobierno.

El gobierno de Renzi – que es el gobierno del PD – ha sido el impulsor de una reforma laboral que ha acabado con la estabilidad real del empleo que el Estatuto de los Trabajadores imponía mediante la readmisión obligatoria en los casos de despido improcedente, estableciendo que el art. 18 de aquella norma no se aplica a los nuevos contratos efectuados a partir de la entrada en vigor de la reforma, una ley que todos conocen por su nombre en inglés, Job Act, homenaje a la admiración profesada por el sistema económico y laboral anglosajón. En esta reforma la norma estrella es el llamado “contrato de tutela creciente”, cuya paternidad en nuestro país se la disputan UPyD primero y Ciudadanos después como una de las advocaciones del denominado “contrato único”.

Tras la deconstrucción de los derechos laborales, está también, como en todo el Sur europeo endeudado, la aplicación de las políticas de austeridad exigidas por la gobernanza económica europea. Que ha hecho posible que el endeudamiento de Italia haya subido del 101% con el gobierno Monti al 130% actual del gobierno Renzi. Como en el caso español – y pese al saqueo del Fondo de Reserva de la Seguridad Social – la austeridad impone un mayor endeudamiento al Estado del que solo se puede escapar mediante la renegociación de la deuda en unos términos hoy políticamente inconcebibles. Lo que el gobierno italiano negocia, posiblemente en mejores condiciones que el español, es el equilibrio presupuestario y la reducción del déficit, teniendo en cuenta que las previsiones se revelan inútiles en muchos casos, ante la emergencia de nuevos hechos que requieren gasto social y por tanto descuadran el equilibrio acordado. Los terremotos en Italia, por ejemplo, son una buena prueba de ello, como los aluviones de inmigrantes y refugiados que están llegando a Italia una vez cegada la vía turca mediante la subcontratación del cerrojo por la UE. Renzi critica esta rigidez europea, su “egoísmo”, pero tampoco logra mucho, aunque hace promesas relevantes, como la de anunciar su oposición a la inclusión del Tratado de Estabilidad en la legalidad europea, incorporándolo a los Tratados.

Tras el trabajo y la austeridad en las políticas públicas, viene la reforma del sistema político. Para hacerlo menos dependiente del juego pluralista de los partidos, menos condicionado por la política de alianzas y transacciones, más dirigida desde un vértice ejecutivo. Se trata por tanto de modificar el sistema parlamentario para construir un sistema casi presidencialista, en donde las cámaras legislativas tengan una función receptiva y no desempeñen un papel activo de iniciativa legislativa, que funcionen como un cuerpo para la “investidura” del gobierno, que será quien decida el ritmo y los tiempos de la regulación normativa global del país. Ello lleva consigo también la enésima modificación del sistema electoral, siempre son la idea de configurar mayorías estables, junto con toda una batería de medidas que caminan en ese mismo sentido. Contra este proyecto hay, como a favor del mismo, una amalgama de posición es políticas, que suele ser aprovechado por ambos bandos para señalar las incoherencias del adversario. En el campo del SI se encuentran democráticos de distintas procedencias, ex PCI, cristianos y progresistas, y en el del NO se hallan juntos la Lega Nord y el Movimiento cinco estrellas (M5S). El debate sin embargo va más allá de la filiación política, y se evidencia en el cruce de personalidades que se evidencia. Viejos políticos democristianos como De Mita entran en campo, también ex presidentes de la república como Napolitano.

También en este proyecto se juega la oposición entre lo viejo e inservible y lo nuevo y eficiente. La constitución italiana es así, un texto del que hay que hacer chatarra. También – aunque no se dice – de su marcado carácter antifascista. Es por tanto lógico que se posicionen frente a esta reforma, pidiendo el NO, importantes personalidades públicas, magistrados del tribunal constitucional, personalidades políticas muy relevantes, e incluso una parte del PD. La CGIL ha pedido el NO a sus afiliados, y la FIOM ha organizado una extensa campaña de adhesiones y de debates para difundir esta posición y sus motivos. En el campo de lo jurídico, personalidades como Zagrelebsky, Rodotá, Ferrajoli y Romagnoli hacen campaña activa por el NO. Que tiene la dificultad de tener que luchar contra un discurso oficial muy insistente que les acusa de inmovilismo y de obstaculizar el progreso de la nación. No hay nada de inmovilista en el NO, al contrario, en esa posición se inscriben los planteamientos de reforma más incisivas – en lo laboral y en lo sindical, por ejemplo – y las críticas más claras a la gobernanza económica y sus efectos autoritarios. Esa es la izquierda del NO, contra la que fundamentalmente combate Renzi, y a la que dirige prioritariamente sus ataques públicos.

Las predicciones sobre los resultados del referéndum no son claras. La situación es muy líquida aun, y queda todavía un margen de tiempo para ver cómo cala el mensaje entre los ciudadanos italianos, en qué medida consideran necesario ir a votar y sus preferencias. Renzi ha ligado su suerte política al resultado del referéndum, lo que desde el punto de vista de sus defensores, arroja sin embargo una seria posibilidad de inestabilidad política si triunfara el No, que la Unión Europea no apreciaría. Este dato es importante, porque el italiano es único de los pocos gobiernos de los países fundadores de la UE – y de un producto interior bruto notable – que es dirigido por un partido progresista, el PD, inserto en el grupo de la socialdemocracia europea, aunque con raíces diferentes a la mayoría de los componentes de aquel, que se muestra crítico, aunque ineficiente, respecto de las carencias europeas más relevantes, la asfixia de las economías endeudadas y la omisión de cualquier política coordinada y vinculante en el tema de los refugiados. Pero a la vez, ha actuado de manera rotunda para desmantelar el sistema de derechos laborales y debilitar la capacidad de intervención colectiva y sindical, sobre la base de una orientación claramente neoliberal para la cual la vinculación de la norma y del convenio colectivo son elementos que obstaculizan el desarrollo de la productividad y el emprendimiento.

Las lecciones de la situación italiana vista desde España son numerosas y posiblemente evidentes, porque presenta un caso práctico en el que la fuerza del discurso del gobierno – progresista - está basada en la crítica de la práctica política republicana en donde la representación parlamentaria es central en la determinación de las opciones de gobierno, una representación que permite un pluralismo fuerte, donde la adscripción al bloque izquierda / derecha admite los matices de una serie de pequeños grupos que se adhieren a los grandes partidos sostenidos por una suerte de fuerza de gravedad que les hace entrar en su órbita pero de la que a su vez pueden recobrar un impulso gravitacional propio que altera estos equilibrios, especialmente ante la presencia de un actor político no tradicional y hostil asimismo a este cuadro institucional, el Movimiento Cinco Estrellas (M5S), y que por tanto compite con éste desde advocaciones directas al pueblo, pero en un “populismo responsable” que quiere y sabe administrar la realidad económica y la comunidad social y que se resuelve en la reivindicación de un gobierno fuerte y dirigente.

No se establece por tanto un enlace entre la reivindicación de la representación política como medio para el fortalecimiento del pluralismo ideológico de la sociedad y la crítica de la misma – y del sistema institucional que lo concreta – desde las restricciones participativas que se efectúan en la práctica, ni tampoco con la reformulación de los vínculos que existen entre la ciudadanía y el trabajo, y que se residencia en un pensamiento y una cultura antifascista muy anclada en formaciones sociales como el sindicato. Al contrario, la “tercera vía” renziana – llamándola así como homenaje a su admirado Tony Blair – se presenta como una reivindicación del aplanamiento de la democracia de partidos como un espacio históricamente superado y retardatario que debe ser sustituido por una relación directa entre la ciudadanía y el gobierno, clave de una acción política de racionalización y modernización que posibilita la libre iniciativa empresarial y el desarrollo del emprendimiento en un aumento de la productividad económica, en un trayecto progresivo de asunción de autoestima como nación y como pueblo. Construye una narrativa del optimismo como característica del “nuevo trend”, frente al cual los anclajes tradicionales en los vínculos sindicales o la reivindicación de los procesos de mediación y transacción entre partidos en sede parlamentaria se presentan como obstáculos “del pasado”, viejas resistencias que deben arrumbarse para “no bloquear el país”.

La democracia parlamentaria como expresión del pluralismo ideológico del país y la representación general del trabajo a través de la representatividad sindical se presentan, con profundas concomitancias con el pensamiento neoliberal, como elementos desechables en aras a la eficacia del gobierno y la productividad económica de la libre empresa. Lo grave de esta tendencia es que quien la invoca es el partido progresista clave del sistema italiano, y que por tanto esta argumentación circule como propuesta de este tipo de posición política en convergencia con el pensamiento neoliberal hegemónico.


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